Educando contra la corrupción

En días recientes mi trabajo me llevó a reflexionar nuevamente sobre el tema de la corrupción, del cual ya he hablado en ocasiones anteriores. En concreto, el argumento planteado giraba en torno a la idea de que la corrupción se puede combatir mediante la educación. Siendo más concretos, la afirmación es que si a los futuros ciudadanos se les inculca desde niños una educación en valores anti-corrupción como la honestidad, transparencia, civismo y respeto a la ley, es probable que de adultos tengan una menor tendencia a involucrarse en actos de corrupción.

El tema me pareció bastante interesante, pues en muchas ocasiones se menciona que la corrupción más que un problema institucional es un problema cultural, que está insertado en los genes históricos de la sociedad.  Y que mejor manera de cambiar la cultura de un pueblo que a través de la educación.

En México la corrupción sigue siendo un gran problema, a pesar de las promesas que trajo consigo la transición política de 2000. Después de creer que la corrupción llegaría a su fin con la salida del PRI del gobierno, después de 71 años en el poder, nos hemos dado cuenta que ésta es un problema generalizado que transciende los colores e identidades partidistas. Tanto los gobiernos del PAN como los del PRD resultaron igual de corruptos que los del PRI.

Según datos del Índice de Percepción de la Corrupción de  Transparencia Internacional, México se ubica en el lugar 100 de un total de 182 países evaluados. Su calificación de 3.0 -en una escala que va de 0 a 10, donde a menor valor mayor la percepción de la  corrupción- es igual a la países con menos riqueza y desarrollo económico como Indonesia, Surinam o Benin.

De acuerdo a los datos de Transparencia Mexicana y su Índice Nacional de Corrupción y Buen Gobierno, durante el 2010 se identificaron 200 millones de actos de corrupción en México, los cuales representaron un gasto total de 32 mil millones de pesos, o sea un promedio aproximado de 165 pesos por “mordida”. Esto quiere decir que en promedio los hogares mexicanos destinaron el 14% de su ingreso a la corrupción. Para los hogares más pobres, el gasto en corrupción representó el 33% de sus ingresos.

Ante este panorama, la pregunta obligada es ¿qué hacer para combatir y eliminar el “cancer” de la corrupción? Mi respuesta hasta hace tiempo siempre había estado cimentada en la creación y fortalecimiento de instituciones formales, las cuales se encargarían de proveer los incentivos correctos que prevendrían a las personas de realizar actos corruptos. En otras palabras, mi postura era a favor de la creación y aplicación de leyes que castigaran fuertemente la corrupción, el fortalecimiento de los órganos de control y auditoría, el fomento de acciones preventivas como las compras públicas electrónicas, la publicación patrimonial de los servidores públicos, el fomento a la transparencia y acceso a la información, por mencionar algunas.

Sin embargo, a pesar de estos esfuerzos, muchos de los cuales se han implementado en México, las instituciones informales -como las costumbres y prácticas cotidiandas- terminan por imponerse, y al final del día lo que pasa es que o las leyes no se aplican o la gente les da vuelta con el principal objetivo de salirse con la suya y obtener un beneficio personal, aun cuando éste sea en detrimento del beneficio colectivo. Esta situación me llevó a pensar que el problema de la corrupción no es sólo un problema de crear los incentivos institucionales correctos, sino también un problema cultural, de falta de educación ciudadana y de una aceptación generalizada de las prácticas que se encuentran al margen de la ley.

Parte de los esfuerzos que se han realizado al respecto son algunas campañas publicitarias, en las que se llama a la ciudadanía a crear conciencia sobre los problemas que implica la tolerancia a la corrupción, tanto de uno como de la persona de enfrente. Sin embargo, a pesar de lo positivo que puedan ser estas campañas, queda en duda el verdadero impacto que puedan tener.

Me parece que una alternativa, más a largo plazo, es inculcar desde la infancia valores ciudadanos anti-corrupción, como la transparencia, la honestidad y el respecto a la ley. La importancia de este tipo de acciones se demuestra en un estudio hecho a 30,000 alumnos de 8º grado en 6 países de Latinoamérica, incluido México. Los resultados demostraron que a mayor educación cívica existe menos aceptación de actos corruptos y menos tolerancia a violar la ley.

Esta evidencia demuestra la importancia de la tarea educativa para combatir la corrupción. Por un lado, los tradicionales cursos de ética y civismo, pudieran ser reforzados con contenido fácil de enseñar y entender respecto a la corrupción y sus nefastas consecuencia. La idea sería enseñar la corrupción de manera sencilla, con ejemplos cotidianos y no como algo complejo y alejado de la realidad de los estudiantes. Por otro lado, el ejemplo que reciban los niños y jóvenes de sus mayores es también de vital importancia, si no, se echaría por la borda todo esfuerzos realizados en la aula.

Al final del día, el gobierno debería seguirse preocupando por generar los mejores esquemas institucionales que permitan combartir la corrupción. Sin embargo, sus esfuerzos a largo plazo también deberían orientarse a cambiar esa cultura de tolerancia a la corrupción y desapego a la ley que impera en nuestro país. Probablemente “educar contra la corrupción” sea un camino difícil de cambiar, pues implicaría pisar muchos callos. Sin embargo, la educación parece ser un camino adecuado para lograr un cambio de mentalidad social, al cual mucho creen que estamos predeterminados por nuestra historia y cultura.

  1. Mi pregunta es: ¿Cómo inicar ese cambio? ¿Cómo iniciarlo sin una reforma educativa en México? (recomiendo “De panzaso” de Loret de Mola sólo para inicar el debate) ¿Cómo iniciarlo cuando uno de los sindicatos más corruptos de México es el de los maestros y profesores? Cuando “la Maestra” Elba Esther Gordillo está al mando los hilos de esta marioneta.

    Mucho se ha criticado también la falta de reforzamiento de materias como, e incluso la desaparición, de ética, moral y lógica en instituciones de primaria, secundaria y/o educación superior. Se considera, actualmente, que esas materias son obsoletas, que deben de ser sustituídas por aquellas como: negocios intenracionales, econometría, entre muchas otras. Pareciera que entendemos la “modernización” de las carrearas profesionales como la eliminación de los pilares de la formación de la ética profesional por el pragmatismo. Evidentemente, todas son materias que no son mutuamente excluyentes y que se pueden impartir simultáneamente. Pero, suepuestamente, estamos adaptando los planes educativos a las nuevas demandas de los mercados laborales actuales.

    También entiendo la corrupción como el resultado de la falta de oportunidades y/o la ausencia de oportunidades justas. Es extremadamente difícil impedir que un policía pida “mordida” cuando tiene que comprar sus propios equipos de protección o municiones. Otro nivel es la corrupción política. Porque sobre todas las cosas, lo que el ser humano más desea es: poder (tema de discusión para otra ocasión). En este caso, mi pregunta es: ¿Cuánto es suficiente?

    Coincido con encontrar una estrategia sistémica para combatir la corrupción. Veo esa necesidad imperante. No obstante, no necesariamente la solución está en educar a las nuevas generaciones. Suena como si nosotros ya no estuviésemos presentes ahora. Como si nosotros ya no podemos hacer nada y depositamos la responsabilidad en los que vienen. Todos siempre tendremos la oportunidad de optar por lo correcto, lo justo.

    saludos,
    R.

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  2. Pingback: No se olviden del rol educativo de la comisión nacional anticorrupción | México desde Aquí

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