Políticos austeros en México, ¿posibilidad o un sueño guajiro?

Yo vivo como vive la mayoría de mi pueblo, en la política lo normal tendría que ser mi forma de vida.

-José Mujica, ex-presidente de Uruguay

Hace unas semanas, un compañero de oficina nos compartió una nota sobre el nuevo gobernador del banco central de Kenia, Patrick Ngugi Njoroge. La noticia era que al tomar posesión de este cargo tan importante, el funcionario keniano decidió rechazar algunos de los privilegios que vienen con el puesto, incluídos una vivienda lujosa en una de las zonas más exclusivas de Nairobi, un smart-phone, guardias y tres coches de lujo. Para un país como Kenia, que al igual que México sufre de pobreza, corrupción en el gobierno y abuso de poder, este tipo de noticias genera cierto entusiasmo y da esperanza de que si es congruente al pasar de los años, Njoroge pudiera inspirar a otros, especialmente a los jóvenes, a seguir su ejemplo.

Afortunadamente y aunque sea a cuenta gotas, existen otros Njoroge en el mundo, algunos más conocidos que otros. Uno de los casos más recientes y representativos de latinoamérica es el del ex-presidente uruguayo, José Mujica, también llamado el “presidente más pobre del mundo”. Con frases como “a los que les gusta mucho la plata hay que correrlos de la política; son un peligro” o “los presidentes deben vivir como vive la mayoría, y no como vive la minoría”, Mujica no sólo predicaba con su discurso conceptos de austeridad, sino que los ponía en la práctica a través de su vida privada, la cual se caracteriza por ser sencilla y con poca ostentación.

En México, ¿cómo andamos en este tema? ¿Tenemos entre nuestra flamante y envidiable clase política algún Njoroge o Mujica? No dudo que si examinamos los tres niveles de gobierno, podamos encontrar algunos casos ejemplares. No todo está mal. Sin embargo, la realidad es que la mayoría de nuestros representantes en el gobierno, especialmente aquellos que gozan de los puestos más importantes, viven bajo la ideología Hank-Gonzalista de que “un político pobre, es un pobre político”.

Para muestra, veamos el tipo de vida y riqueza acumulada por nuestro presidente, el funcionario de más alto rango en el país y quien debiera dar la pauta y marcar el ejemplo a los demás, o al menos a aquellos que están bajo su mando. Empecemos por su riqueza declarada últimamente. En una declaración patrimonial poco transparente y falta de información detallada, Peña nos dice que la mayor parte de su riqueza patrimonial la adquirió a través de “donaciones”. Dato curioso es que el presidente no declara públicamente ni las personas que les hicieron dichas donaciones, ni el valor de los terrenos, casas, obras de arte, joyas y relojes que recibió.

Continuando con la riqueza de su familia, nos encontramos con el famoso caso de la “Casa Blanca”, que fue adquirida por la primera dama directamente de una empresa que se ha beneficiado de contratos de las administraciones de Peña como gobernador y ahora como presidente, en un claro conflicto de interés.

Por último, veamos cómo gasta Peña los recursos públicos que tiene a su disposición. A pesar de los recortes al gasto público previstos para este año por la caída en los precios del petróleo, Peña no dudó en llevar a toda una caravana a su visita oficial a la Gran Bretaña. La estancia de dos días en Londres costó más de 7 millones de pesos. Además del numeroso séquito que acompañó al presidente, hubo indignación por el costo aproximado de los vestuarios usados por la primera dama y una de sus hijas. Sobre este tema, el Huffington Post anunció que el gasto de la presidencia en vestuario ha crecido de 8.65 millones de pesos -antes de que Peña tomara posesión- a 11.56 millones de pesos para el 2015, un aumento de 3 millones de pesos que es innecesario e incongruente con el recorte presupuestal.

El problema no es que los políticos sean pobres o ricos, o que vivan con austeridad u opulencia. No todos tienen que ser Mujica o Njoroge, y la primera dama, su hija y quien sea tienen todo el derecho a vestir como gusten y darse la vida que quieran, siempre y cuando ese dinero salga de sus bolsillos. Pero ahí es donde está el verdadero problema. El origen de la riqueza de la mayoría de nuestros principales políticos proviene no necesariamente de su salario ni del patromonio adquirido antes de tomar posesión, sino del abuso, robo y mal uso de los recurso públicos que les entregan los ciudadanos con sus impuestos.

Un político austero no necesariamente es garantía o sinónimo de un buen gobernante. Sin embargo, es mucho más probable que alguien acostumbrado a una vida sencilla y con desapego a la riqueza, esté menos tentado a robar del erario y cuide el dinero de los ciudadanos como si fuera el suyo.

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